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“Pero a mí qué me importa quién habla en el poema”

Alejandro Schmidt

EJE II: YO

En este encuentro vamos a trabajar la identidad no como una esencia estable ni como un relato definitivo, sino como un problema de representación: aquello que decimos de nosotros, lo que los documentos registran, lo que las cosas conservan y lo que el lenguaje deforma nunca coinciden del todo. A partir de la lectura de autobiografías ficticias y de la exploración poética de los objetos, nos interesa poner en tensión la idea de un yo transparente y coherente, para pensar la identidad como una construcción siempre desplazada, hecha de versiones, restos y superficies. Escribir, en este marco, no busca confirmar quiénes somos, sino ensayar modos de decirnos, probar máscaras, dejar que hablen también las cosas, y observar cómo cada forma de representación produce un sujeto distinto.

 

 

 

OLIVERIO GIRONDO (Buenos Aires, 1891)

POEMA 8 DE ESPANTAPÁJAROS

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

 

 

 

MERCEDES ROFFÉ (BUENOS AIRES, 1954)

SITUACIÓN PARA ROMPER UN HECHIZO

Acuéstate
—boca arriba
como si fueras a morir
o a darte a luz.

Remonta
la cuesta de los años
en lo oscuro.

Llega al umbral
traspásalo / sumérgete
en la honda, estrecha, escala del olvido.

Dime qué ves.
Enfréntalo / enfréntate
a quien eras antes aún de la memoria.

¿Te reconoces?
Continúa.
Sí, reconoces ahora el camino
que te ha traído hasta aquí.
Su nitidez lo delata
—un sueño azul que se proyecta en la pantalla azul del tiempo
y va cobrando sentido.

¿Te ves?
Pregúntale por qué y acéptala
—cualquiera sea la respuesta

—He venido a decirte adiós —responde.
No digas más que eso
sin saña
sin violencia
sin rencor alguno.

Intentará retenerte
volver a responder lo que ya sabes
lo que ya le has oído
quizás de otra manera.

Baja los ojos y crea
—con la mirada sólo—
un reguero en el suelo
un surco de tierra húmeda y cenizas.

Verás alzarse un fuego
una pared de fuego
—fuego frío—
entre tú y tu fracaso.
Despídete.
Dale la espalda.
Vuelve a tomar el camino
—el mismo:
el sueño azul sobre el azul del tiempo.

Remonta los peldaños de la escala honda, estrecha.
Llega al umbral
traspásalo y desciende
la pendiente oscura de los años.

Vuelve a tu cuerpo
¿sientes? —un dolor en el vientre o en el pecho
como si algo de ti te hubiese sido arrancado
te anuncia que has vencido.

El dolor se irá
tú quedarás contigo.

(La memoria del hueco
te seguirá adonde vayas.)

 

 

 

FERNANDO PESSOA (LISBOA, 1888-1935)

Autopsicografia

El poeta es un fingidor
Finge tan completamente
Que llega a fingir que es dolor
El dolor que realmente siente.

Y quienes leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten,
no los dos que el poeta tiene
sino sólo aquél que no tienen.

Y así por las vías rueda
entreteniendo a la razón,
el tren de juguete con cuerda
al que llamamos corazón.

 

 

Soy un guardador de rebaños (Alberto Caeiro, Heterónimo de Pessoa)

Soy un guardador de rebaños.
El rebaño son mis pensamientos
Y mis pensamientos son todas sensaciones.
Pienso con los ojos y con los oídos
Y con las manos y los pies
Y con la nariz y la boca.

Pensar una flor es verla y olerla
Y comer un fruto es saber su sentido.

Por eso cuando en un día de calor
Me siento triste de gozarlo tanto,
Y me acuesto a lo largo en la hierba,
Y cierro los ojos cálidos,
Siento todo mi cuerpo tendido en la realidad,
Sé la verdad y soy feliz.

 

 

 

 

 

Beatriz Vignoli (Rosario, 1965)

La caída

Si te dicen que caí
es que caí.
Verticalmente.
Y con horizontales resultados.
Soy, del ángulo recto
solamente los lados.
Ignoro el arte monumental del sesgo,
esa torsión ornamental del héroe
que hace que su caer se luzca como un salto.
Ese rizo del mártir que, ascendiendo
se sale de la víctima
y su propio tormento sobrevuela
no es mi especialidad. Yo, cuando caigo,
caigo.
No hay parábola
ni aire, ni fuerza de sustentación.
Un resbalón: espero. Al suelo llego
por la ruta más breve.
Un alud, una piedra,
una viga a la que han dinamitado.
No hay astucias del cuerpo en mi descenso.
Se sobrevive: el fondo
del abismo es más blando
para quien no vuela, sólo cae.
Si te dicen que caí,
no vengas
a enseñarme aerodinámica revisionista.
No me cuentes de los que cayeron venciendo.
No vengas a decirme
que no crees que haya sido un accidente.
En lo único que creo es en el accidente.
Lo único que sabe hacer el universo
es derrumbarse sin ningún motivo,
es desmoronarse porque sí.

 

 

 

WALT WHITMAN (EEUU, 1819-1892)

CANTO A MÍ MISMO

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que me muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Se cuál es mi misión y no lo olvidaré;
que nadie lo olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original
de la naturaleza desenfrenada.

 

 

BERTA GARCÍA FAET (ESPAÑA, 1988)

Autorretrato religioso

I.

yo, flor de algodón, desmigajada,
o infalible glicina que se abolla con aire,
o vieja rosa terca piadosa romántica
nunca abandoné
la esperanza escatológica

da vergüenza admitirlo, pero Dios no se destruye solo
se transforma de ahí el socialismo
yo, muslos ardientes
de balcón soleado lilium
antirium anastasias
lloro de belleza cuando abrazo a los perros

y solo intento decir (y la nube y el blanco)
que la idea de la Felicidad se manchó con 1.000 pétalos
humillados por un platón
de atenas o de egina

da vergüenza admitirlo, pero las ideas son
solo un residuo
nocivo indestructible cenizas
de la infancia

y sin embargo nada me salva, porque no quiero salvarme
solo besar lo juro pero tú nunca juras
pero tú
nunca juras

es cierto

 

II.

confieso
que, en cada amante, planté semillas pepitas de cobre
de árboles que necesitan ser salvados
con incendios o al revés y viceversa

un tintineo de mutismos ante el incomprensible atardecer
anunciaba el apocalipsis
yo abandoné a jesús de nazaret
en la buhardilla cambié
su amor incondicional por torpe amor
condicionado

los padrastros de los nogales tenían forma de hoja y yo
me mordía las pezuñas

los niños católicos que fuimos católicos y, un buen día,

saltamos
al desierto de un egipto peligroso inclemente
somos felices o semi-felices
en las tierras agridulces de la
apostasía sin jesús de nazareth
sin
su desnutrición sin sus milagros
sin
embargo

la nostalgia,
la nostalgia, querido george
steiner

 

III.
muslos ardientes
de balcón soleado tenazmente abierta
a la ternura, a la luz piernas
exógenas

tiendo al arquetipo de ventana
tiendo al arquetipo de ventana y el viento cruza por mi
pecho porque mi pecho
es un túnel limpísimo mana
el vino el ciervo
lo lame está
escrito

lilium, antirium, anastasias
colegiala que sigue el discurso del sacerdote con precisión exaltada

yo quería ser profeta y gemía de pasión con el cantar de los cantares

da vergüenza admitirlo, pero no encontrarás en el mundo a nadie
que crea en el amor
con más intensidad con más fe con más fervor
que yo

yo
dije
tu nombre es como ungüento derramado

y creí unir idioma y corazón
creí ser mejor que un buey qué tonta

 

 

 

ALICIA GENOVESE (Buenos Aires, 1953)


POESÍA: POSICIÓN DE YO Y LA VISUALIDAD DEL SHOJI

Desde la primera palabra elegida para decir, un poema establece una relación de cercanía o distancia con su objeto, proximidad o alejamiento que implica una posibilidad del yo. El yo lírico -afirma Käte Hamburger-, a diferencia del yo ficcional, es decir, el que construye la narrativa o el drama, es un sujeto de enunciación, no de enunciado; cuando dice: “yo” no es un personaje el que habla.’ Quien escribe el poema parece elegir con el primer trazo, con la primera inflexión de palabras, una ubicación del yo como quien ajusta una lente y le otorga a su objeto un foco, nítido, borroso, un primer o un segundo plano, una luz más tenue, más brillante o más sombría. El yo de enunciación se posiciona de diferentes maneras en el poema, y no es tan simple identificar su presencia o relativa ausencia, incluso su distancia, a través del uso de la primera persona (tradicionalmente confesional) o de la tercera (más distante). Tampoco es tan fácil borrar ese yo detrás de las instancias anónimas, de los escondites impersonales, de los disfraces de un otro o de los efectos de la heteronimia.
Ligar el yo poético a los problemas de enunciación permite reconectar algunos aspectos subjetivos a la lectura de los textos. Lejos de establecer conjeturas para el trazado de una biografía personal o establecer una verdad literaria basada en una verdad biográfica, se trataría de leer el grado de distancia que el poeta establece con su objeto a través de la ubicación del yo poético.

 

 

 

 

PABLO NERUDA (Chile, 1904-1973)

ODA A LAS COSAS

AMO las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.

Amo
todas las cosas,
no sólo
las supremas,
sino
las
infinita-
mente
chicas,
el dedal,
las espuelas,
los platos,
los floreros.

Ay, alma mía,
hermoso
es el planeta,
lleno
de pipas
por la mano
conducidas
en el humo,
de llaves,
de saleros,
en fin,
todo
lo que se hizo
por la mano del hombre, toda cosa:
las curvas del zapato,
el tejido,
el nuevo nacimiento
del oro
sin la sangre,
los anteojos,
los clavos,
las escobas,
los relojes, las brújulas,
las monedas, la suave
suavidad de las sillas.

Ay cuántas
cosas
puras
ha construido
el hombre:
de lana,
de madera,
de cristal,
de cordeles,
mesas
maravillosas,
navíos, escaleras.

Amo
todas
las cosas,
no porque sean
ardientes
o fragantes,
sino porque
no sé,
porque
este océano es el tuyo,
es el mío:
los botones,
las ruedas,
los pequeños
tesoros
olvidados,
los abanicos en
cuyos plumajes
desvaneció el amor
sus azahares,
las copas, los cuchillos,
las tijeras,
todo tiene
en el mango, en el contorno,
la huella
de unos dedos,
de una remota mano
perdida
en lo más olvidado del olvido.

Yo voy por casas,
calles,
ascensores,
tocando cosas,
divisando objetos
que en secreto ambiciono:
uno porque repica,
otro porque
es tan suave
como la suavidad de una cadera,
otro por su color de agua profunda,
otro por su espesor de terciopelo.

Oh río
irrevocable
de las cosas,
no se dirá
que sólo
amé
los peces,
o las plantas de selva y de pradera,
que no sólo
amé
lo que salta, sube, sobrevive, suspira.
No es verdad:
muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.

 

 

VICENTE HUIDOBRO (Chile 1893-1948)

Caligramas

 

 

GUILLAUME APOLLINAIRE (1880-1918)

 

 

 

 

 

CLARA JANÉS (ESPAÑA, 1940)

 

 

 

 

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