“El carácter destructivo borra incluso las huellas de la destrucción”
Úrsula K. Leguin
EJE I: GENEALOGÍA
Este encuentro tiene como finalidad producir y producir textos que no se sostengan en la explicación del origen, sino en operaciones de desplazamiento, mezcla y reconfiguración de las voces, para reincorporar la genealogía como material poético a intervenir y no como fundamento que determina la escritura.
Selección de textos para el I encuentro de taller “Romper(ME)JOR” dictado por Cons Ellwanger Bossi y Pablo Romero
El carácter destructivo: Walter Benjamin (Tóxicxs, 2025)

El carácter destructivo solo conoce una consigna: hacer sitio; solo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio.
El carácter destructivo es joven y alegre. Porque destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolínea del destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta qué punto merece la pena su destrucción.
Este es el gran vínculo que enlaza unánimemente todo lo que existe. Es un panorama que depara al carácter destructivo un espectáculo de la más honda armonía. El carácter destructivo trabaja siempre fresco. Es la naturaleza la que, al menos indirectamente, le prescribe el ritmo: porque tiene que tomarle la delantera. De lo contrario será ella la que emprenda la destrucción.
Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen. Tiene pocas necesidades y la mínima sería saber qué es lo que va a ocupar el lugar de lo destruido. Por de pronto, por lo menos por un instante, el espacio vacío, el sitio donde estuvo la cosa que ha vivido el sacrificio. Enseguida habrá alguien que lo necesite sin ocuparlo. El carácter destructivo hace su trabajo y solo evita el creador. Así como el que crea, busca para sí la soledad, tiene que rodearse constantemente el que destruye de gentes que atestigüen su eficiencia. El carácter destructivo es una señal.
Así como un punto trigonométrico está expuesto por todos lados al viento, él está por todos lados expuesto a las habladurías. No tiene sentido protegerle en contra. El carácter destructivo no está interesado en absoluto en que se le entienda. Considera superficiales los empeños en esa dirección. En nada puede dañarle ser malentendido. Al contrario, lo provoca, igual que lo provocaron los oráculos, instituciones destructivas del Estado. El más pequeño burgués de todos los fenómenos, el cotilleo, tiene lugar solo porque las personas no quieren ser malentendidas. El carácter destructivo deja que se le entienda mal; no favorece el cotilleo.
El carácter destructivo es el enemigo del hombre estuche. El hombre estuche busca su comodidad y la médula de ésta es la envoltura. El interior del estuche es la huella que aquél ha impreso en el mundo envuelta en terciopelo. El carácter destructivo borra incluso las huellas de la destrucción.
El carácter destructivo milita en el frente de los tradicio-nalistas. Algunos transmiten las cosas en tanto que las hacen intocables y las con-servan; otros las situaciones en tanto que las hacen manejables y las liquidan. A estos se les llama destructivos.
El carácter destructivo tiene la consciencia del hombre histórico, cuyo sentimiento fundamental es una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas (y la prontitud con que siempre toma nota de que todo puede irse a pique). De ahí que el carácter destructivo sea la confianza misma.
El carácter destructivo no ve nada duradero.
Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes, por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta.
Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, está siempre en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos.
El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no merece la pena.
*
CLAUDIA MASIN (Chaco, 1972)

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA
Yo también tengo miedo de
mí mismo. Me he convertido
en los monstruos que temía de chico,
los que bajo la cama,
bajo el piso mismo de la casa, trabajaban
la noche entera
para romper lo que durante el día
había sido levantado con todo el esfuerzo
del mundo. Romper
lo que estaba entero: un trabajo, el suyo,
como cualquiera, como el de la ley de gravedad,
como el del corazón que bombea la sangre
hacia las arterias, como el de las abejas
acumulando la miel o hundiendo
el aguijón, lo que sea que haga falta para preservar
la especie. Yo también
tengo miedo de mí mismo, yo también quisiera
a veces gritar cuando me veo. Da espanto ver
en la propia cara las caras de los muertos,
el impulso incontrolable de la tribu a encender
el fuego en medio del bosque, para alumbrarse sí,
pero también para expandir el incendio detrás suyo,
entre los árboles, que no saben correr ni defenderse,
y se consumen en el lugar en que fueron puestos. Quién no fue
alguna vez el árbol que siente la quemadura en las raíces,
en la corteza, subiendo como un áspid y no es capaz de detenerlo,
quién no fue alguna vez quien prendió el fuego con saña
e inocencia y para cuando advirtió la magnitud
del desastre, ya no fue
capaz de detenerse. Rechazo todo eso:
la tribu y el bosque y las leyes
que caen como como pedradas sobre el cuerpo
del que dice que no, que no va a quedarse,
a aceptar que no se puede
vivir sin lastimar
la parte ya vencida de aquel a quien más quieren.
Elijo el aislamiento, la cueva
donde no pueda alcanzarte mi mano que es la mano
de mi padre y de mi madre, de todos mis ancestros,
porque estoy hecho de los pedazos que no quiero,
porque soy la forma que toma en una persona
el daño hecho por quienes lo precedieron y renuncio:
renuncio a la tarea. Por amor y por asco,
me llevo conmigo lo que me dieron y lo escondo
de tu vista, me voy donde no pueda
tocarte y perpetuar la línea de un tiempo
que se cierra como una boa sobre sí mismo,
se abraza y recomienza. Yo digo que no,
que no quiero abalanzarme sobre los restos
de un animal herido, que prefiero
morir de hambre antes de hincar los dientes
en vos, en vos que fuiste
mi esperanza de no ser quien soy
y mientras existas
me mantendrás a salvo de la rabia
desatada, tremenda que me llevaría
al lugar del origen, al corazón de la colmena
despiadada de donde toda la vida
voy a estar huyendo.
*
LILIANA LUKIN (Buenos Aires, 1951)

Selección de El museo de la infancia (2022)
I
Señora de los milagros:
yo soy mi cuerpo
y eso es lo que escribo
florecer incansablemente, estar a la vera
del camino y que ningún pasar destruya
los brotes de eso que llamamos felicidad,
proliferar en mí misma , y en el pequeño
universo que hace lugar a mi insistencia,
reirme de los obstinados, de los obstáculos,
y de los que inflingen daño no reirme,
como si fueran humo, tragar el veneno,
escupirlo y sobrevivir.
Yo soy mi cuerpo y doy
flor, incansablemente.
II
Ella me dio a comer de su
vientre
dije a mi madre que será
mi heredera universal
que a ella dejo los bienes futuros
engendrados por derechos de autor
pero mostró los dientes
y me arrepentí.
III
A cierta edad, casi todas las poetas
tienen una madre que escriben:
amorosas o feroces con palabras
donde ajustan sus cuentas, sus caricias,
las ajustan como una soga
al cuello, como un collar
y a veces hay amor,
pero líbrame de ese
amor, a veces solo odio
o compasión destilada
del alambique de una
crueldad antigua
y aún la ternura más
inevitable, la calidez
menos pensada,
si se escribe, está
al borde del deseo
de una liberación,
como un hilo de baba
que se escapara de la boca
con que las nombran y las besan.
Yo también.
IV
No vivo con ella pero ella
vive en mí, me arranco
si puedo el veneno
de sus flechas,
de su fingida inocencia
amaso un pan amargo y magro.
Le debo la vida, se dice,
pero ¿le debo cuando fui también,
tal vez, su felicidad ?
V
Una mujer es su propia madre , dijo,
y yo tardé en abandonar ese amor
que dictaba sus mareas,
golpeando contra las piedras de mí
sus aguas, ya no nutrientes, ya no
ecuánimes, ya no.
Madre de mí soy, definitivamente,
y eso me deja huérfana,
libre, pero huérfana.
*
WARSAN SHIRE (Kenia, 1988)
Casa
Nadie se va de casa salvo
que la casa sea la boca de un tiburón.
Corres hacia la frontera
cuando ves a toda la ciudad corriendo también.
Tus vecinos corriendo más rápido que tú
aliento ensangrentado en sus gargantas
el niño con el que fuiste a la escuela
que te besó aturdido detrás de la vieja fábrica de hojalata
lleva una pistola más grande que su cuerpo.
Solo te vas de casa cuando la casa no te deja quedarte.
Nadie se va de casa salvo que la casa te persiga
fuego bajo los pies
sangre caliente en tu vientre
es algo que nunca pensaste que harías
hasta que el filo quemó amenazas en tu cuello
e incluso entonces llevaste el himno entre dientes.
Solo rompiste el pasaporte en el baño de un aeropuerto
sollozando mientras cada bocado de papel
dejaba claro que no ibas a regresar.
Tienes que entender
que nadie mete a sus hijos en un barco
salvo que el agua sea más segura que la tierra
Nadie se quema las manos bajo trenes,
entre vagones,
nadie pasa días y noches en el estómago de un camión
alimentándose de periódicos
salvo que las millas recorridas
signifiquen algo más que viaje.
Nadie se arrastra debajo de vallas
nadie quiere que le peguen
que sientan lástima de él
Nadie elige campos de refugiados
o registros sin ropa donde te dejan
el cuerpo dolorido o la prisión,
porque la prisión es más segura
que una ciudad en llamas
y un guardia de la prisión en la noche
es mejor que un camión lleno
de hombres que se parecen a tu padre.
Nadie podría soportarlo,
nadie podría aguantarlo,
ninguna piel sería lo bastante dura.
Los: vuelvan a casa, negros refugiados
sucios inmigrantes solicitantes de asilo
exprimiendo nuestro país
negratas con sus manos fuera,
huelen raro, salvaje
destrozaron su país y ahora quieren
destrozar el nuestro, cómo es que las palabras
las miradas sucias
caen rodando de vuestras espaldas.
Quizá porque el golpe es más blando
que un miembro arrancado.
O las palabras son más tiernas
que catorce hombres entre tus piernas.
O los insultos son más fáciles de tragar
que escombros, que huesos
que tu cuerpo infantil en pedazos.
Quiero ir a casa,
pero la casa es la boca de un tiburón
la casa es el cañón de la pistola
y nadie se iría de casa
salvo que la casa te persiga hasta la costa
salvo que la casa te diga:
que muevas más deprisa las piernas,
deja la ropa atrás,
arrástrate por el desierto,
vadea los océanos,
ahógate, sálvate, sé hambre
mendiga, olvida el orgullo
tu supervivencia es más importante.
Nadie se va de casa
hasta que la casa es una voz sudorosa en el oído
que dice: vete,
huye de mí ahora
no sé en qué me he convertido
pero sé que cualquier lugar
es más seguro que aquí.
*
CRISTINA PERI ROSSI (Uruguay, 1941)

HISTORIA DE UN AMOR
Para que yo pudiera amarte
los españoles tuvieron que conquistar América
y mis abuelos
huir de Génova en un barco de carga.
Para que yo pudiera amarte
Marx tuvo que escribir El Capital
y Neruda, la Oda a Leningrado.
Para que yo pudiera amarte
en España hubo una guerra civil
y Lorca murió asesinado
después de haber viajado a Nueva York.
Para que yo pudiera amarte
Catulo se enamoró de Lesbia
y Romeo, de Julieta
Ingrid Bergman filmó Stromboli
y Pasolini, los Cien Días de Saló.
Para que yo pudiera amarte,
Lluís Llach tuvo que cantar Els Segadors
y Milva, los poemas de Bertolt Brecht.
Para que yo pudiera amarte
alguien tuvo que plantar un cerezo
en la tapia de tu casa
y Garibaldi pelear en Montevideo.
Para que yo pudiera amarte
las crisálidas se hicieron mariposas
y los generales tomaron el poder.
Para que yo pudiera amarte
tuve que huir en barco de la ciudad donde nací
y tú resistir a Franco.
Para que nos amáramos, al fin,
ocurrieron todas las cosas de este mundo
y desde que no nos amamos
sólo existe un gran desorden.
–
MARIA BELEN AGUIRRE (Tucumán, 1977)

El aire huele a naftalina, a ropero cerrado,
a cadáveres de polillas. Mi animal
de olfato y desagrado ha crecido
hasta transformarme
en un estorbo
Estoy
saliendo de mí
para entrar
en otra.
Pero
esa otra
soy yo
y la rueda
de Samsara
gira otra
vez.
En donde he quedado
me retomo.
¿En dónde he quedado?
¿En qué lugar / mi alma / la metempsicosis?
¿En qué lugar el humo / del fuego en que ardía?
La hoguera, mas bien. La herejía
de haber nacido bruja
y de curar
o de enfermar
de palabra
a los terminales
y otorgarles
por la yapa
de un fonema
la gracia de
un día, un día
más. Ay,
Muerte tan
rigurosa
celadora del orfelinato
en que crecí
ladina y perversa
en la rapiña del pan
de mi vecina para ahogar
en mate
cocido
mi hambre
primero.
Y yo fui
la que hasta ahora
vino siendo
desde los siglos
de los siglos.
Pues
tan prontamente quiero
huir de mí
me agarra de las patas
y me dice: “Vos
te quedás acá”.
Y la eternidad es el milímetro
que recorro ida y vuelta
y ya toca
de tan zanjada
el magmadel mundo.
–
ELENA MEDEL (España, 1985)
ÁRBOL GENEALÓGICO
Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.
Cuando una de nosotras muere
exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se
acercan para curiosear en su garganta de hojalata, se
celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal
porque me hizo sonreír a mí, que soy tan triste.
A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza
se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los
restos del alma de las mujeres sobrenaturales,
chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas
agujerean vuestras ventanas
hasta que sangran nuestras aortas clavadas a la tierra, igual
que las raíces.
Al morir nos abren el estómago, examinan con los dedos
su interior, rebuscan entre las vísceras el mapa del tesoro,
sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han
quedado dentro con los años.
Un espectáculo.
Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos.
Soy una de ellas porque mi corazón mancha al tomarlo
entre las manos, porque coincide en tamaño con el
hueco de un nicho;
fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón
para que, al morir, sepan que hemos estado juntos.
Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi
sangre, que es la suya, sube y baja por mi cadáver como
por escaleras mecánicas;
porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se
incorpora a una especie salvaje
que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora
las afrentas, que jamás se extinguirá.
*
SAMUEL AMAYA (TUCUMÁN, 1997)

TUCUMÁN ES AZÚCAR Y MI CUERPO TAMBIÉN
cuando los changos abren las hebras
de mi corazón y buscan miel
como en la mazamorra de mami
ellos se alimentan de este jugo
de llevarse algo dulce a la boca
que los haga volar
que les dé fuerza
y hacen de mi cuerpo
un volcán de melaza
que puedan traer a su cama
al lado de sus patronas
y cuando el dulzor tiembla
en sus piernas, sienten mi cuerpo
florecer.
PAPÁ LLORÓ AZÚCAR TODA SU VIDA
y quizás me costó entender cómo
hacía para endulzar su corazón
después de que las cañas lastimaran
sus manos o el frío del machete
atravesara sus piernas en el cañaveral.
Quizás por eso también no alcanzó
a abrazarme cuando mi cuerpo
rebalsaba en las manos de algún chango
o cuando le mostré el nicho en mi pecho
donde una virgencita gritaba mi nombre.
Ahora recojo los granitos dulces
que salen de sus ojos
y veré en ellos a ese changuito
que el ingenio lo parió.
ME QUEDÉ SIN EL PAN Y SIN LA TORTA
cambié de celular y perdí todo
hasta el contacto del chango
que había conocido después de un evento
Lo único que sé es que lo agendé como
ChangoLindoFlequilloiPoni
Él me había hablado de su amor
por la poesía, su curiosidad de
cómo los poetas son buenos
hechizando a la gente
con la boca la mirada
Vos sos un buen chamuyador me dijo
y yo atontado con su carita el peinadito
planchado como poni de feria
me había imaginado el nombre
de nuestros hijos el perro la casa
me creció el ramo en las manos
y sin querer queriendo
me hechizó tanto
que ni su nombre anoté.
–
DAVID MEZA (México), 1990
DIARIO DE REBECCA
Mi vida. Mi vida no. Mi vida nunca. Mi vida nunca fue un pájaro sangrando estambre por las alas. Mi vida nunca llevó en el cráneo una corona de astillas. Mi vida nunca fue. Mi vida no fue ni será mañana una mariposa apresada en las trenzas de una chica. Mi vida no fue ni tampoco es hoy un viejo corazón de madera. Nací el 24 de junio de un año que se rehusó a ser éste. Mi padre estaba borracho de níquel y envuelto en aluminio. Mi madre me dio el nombre de Rebeca, y me talló los ojos con arena. Mi madre me dio el nombre de Rebeca, y me talló los ojos con arena. Tengo miedo. El miedo usa una corona de estrellas. Hace 3 días soñé que mi padre me golpeaba. Hace 2 días soñé que mi madre me cosía la boca. No me reconozco. Miro el espejo y encuentro a un ángel deshojando el mundo. Tengo el terrible deseo de gritar mi nombre. Tengo el abecedario tatuado en los tobillos. Nací el 24 de junio de mil novecientos violeta. Nací en una pradera de tuercas y filósofos llorando rocas y esquirlas y teorías astrogramaticales encima de una rosa. Mi vida nunca fue un pájaro con las entrañas llenas de estambre parado en la estructura ósea de una estrella. No tengo recuerdos de mi casa. Pienso que soy un caballo con la mandíbula rota. Pienso que soy una niña que lleva por grillete las estrellas del mundo. Pienso que he venido renaciendo los últimos 24 años, y que he transformado mi horario escolar en una placenta de pétalos. Pienso que mi vida es un pajarito con el corazón de estambre y una corona de huesos. Pero no es así. Mi vida no es un pájaro de estambre, ni violeta, ni rojo, ni verde, ni pluma, ni cieno, ni triste, ni roca, ni azulmente roca, ni estambremente roca. Mi vida es una nota al pie de mi obra. Y mi obra es un libro de geografía que se ha convertido en mariposa. Y mi mariposa lleva polen y ríos sobre las alas. Nací el 24 de junio de ningún año. Soy una mujer con 500 golondrinas dentro. No tengo recuerdos de mi pueblo. Me estoy soñando. No tengo recuerdos de mi infancia. Me estoy soñando. Mi vida nunca fue. He descubierto que la poesía es un cuadro que se pinta sin usar pinceles, una danza que se baila sin usar el cuerpo, un beso que se da sin usar los labios. He descubierto que la poesía es un juego en el cual está prohibido seguir las reglas; que es entender que tenemos el pecho lleno de musgo, de nieve, de agua, de tierra y de semillas que florecen como soles; que la poesía es una parvada de golondrinas despedazándote el cuerpo de adentro hacia fuera; que la poesía es platicar con las palomas en el techo de las catedrales. He descubierto, que quizá, incluso, la poesía es. Nací el 24 de junio de mil novecientos madera y tres. Mi madre se rompió los dientes en el parto. Fui arrojada a una cuna de paja. Tenía las uñas de los pies azules y enrolladas como pergamino. Mi padre estuvo orgulloso de mi sexo, hasta que descubrió que mi sexo era una constelación de girasoles. Esta mañana he decidido escribir, no poesía, no tratados, no alfileres, no escritorios, no mi vida o una novela, solo escribir. Solo tallarme los ojos con la pluma, para ver al mundo lleno de rayones, y una de mis lágrimas sea tinta.



