Migas o grueso calibre de Luciana García Barraza tiene una musicalidad animal. Dicho en sus propios versos: «es pulsión y un duelo con la muerte, bravura e intuición». Esta poesía es multidimensional, se dispara hacia atrás y hacia adelante: secuencias y consecuencias, herencias, repercusiones, fruto último. Versos veloces, intuitivos, casi proféticos, como el caballo que nos acompaña, que montaremos desde el inicio y que avanza a lo largo del libro echando chispas, apareándose con el aire, entregándose al polvo afrodisíaco. Los versos cabalgan, se engendran, se confiesan, se inoculan mutuamente. Un caballo que danza, que lleva a rastras la madre, la locura, el sueño, todo lo que hiriendo habita. Visiones que escarban como en un rito testimonial y a su vez conjuracional. Esa es la verdadera detonación.
LAURA GARCÍA DEL CASTAÑO

Compartimos una selección de poemas de Migas o grueso calibre de Luciana García Barraza, publicado por Aguacero Ediciones.
BALACERA
No sabemos hacia qué dirección ha migrado la bala.
De su estrépito filoso tajando el aire
nos hemos enterado por un grito.
Las armas también aúllan, dijiste,
son animales salvajes incitados por el tacto.
Precisamente, a esta hora,
mi cuerpo no está exento del mandato bélico;
las sábanas húmedas bajo mi espalda
cuajaron en trinchera. Yo esperaba
las señales de mi división, qué flanco tuyo
minaría con mi sed.
Habías venido
con la lengua echando chispas,
un calor que endulzaba los espejos,
tu deseo como país
que yo extrañaba.
Pero no sabemos hacia qué dirección ha migrado la bala.
Vos me sacabas la ropa mientras alguien apretaba un gatillo,
mientras otro sangraba en un pueblo con olor a hollín.
Yo te lamía mientras el herido se deshidrataba,
y caía -quizá rendido, quizá inocente-
en la soledad naranja de los barrios.
Entendí que la violencia debía convivir con la lujuria,
que ellos no podrían vaciar lo que mi sexo amparaba.
Y sí:
quise cogerte porque vi en vos un hermano de clase,
te deseé como desean las brujas y las perras.
Es decir místicamente. Es decir
como si para otra cosa
no estuviera hecha.
La bala aún dormía en los labios del revólver.
Yo te decía:
he soñado con tu cuerpo, la otra noche.
Nuestra casa era de sal.
Por tus venas corría agua,
en ella veía
el destino final de algunas especies.
Triunfarán los pájaros, los escorpiones, las ballenas.
Los que han nacido con el corazón
para afuera.
A nosotros nos corresponde perdurar, momentáneamente,
custodiando los ciclos lunares,
la espasmódica danza de las mareas.
Yo te decía:
luego desperté,
con sabor a desierto entre los dientes.
Vos me entendías.
Pero la bala, qué entiende,
sino un aire como tajado
por la incorregible dialéctica del mundo,
como viciado por el vapor de nuestras pieles.
Apoyé mi cabeza en la almohada y quise oír
los gemidos de los otros, cómo resistían
los que antes habían luchado en esta cama.
Quise que me cogieras como si la fuerza de tu cuerpo
pudiese aplastar la miseria de mi provincia.
Quise que me cogieras así, contra todo,
como si nadie más fuese a morir
ni yo
ni vos
ni la dirección última de una bala.
Lo que Pedro dice de Juan
dice más de Pedro que de Juan
Se trata
de poner una cosa en un lugar
luego
hacer desaparecer el lugar
finalmente
escribir un anzuelo
y esperar que lo invisible al lenguaje
nos muerda:
la respiración de las mitocondrias
el vello azul de una mano
la pus que abre una mordedura
todo
lo que hiriendo
habita;
eso también
es pulsión de vida.
En la mayoría de los casos
amparar la belleza
es un duelo con la muerte.
Se trata entonces
de hallar una fisura
la venita rota en una hoja
el solar donde se cuece la herida
inaugurada por aquellos
que en lugar de escribir sed
dijeron mar.
Mi abuelo cuenta un chiste
que en realidad es una historia verídica
que en realidad es una metáfora:
resulta que llega el hijo de Juan
comenta entristecido
ha muerto don Felipe, papá
¿vamos a ir al entierro?
a lo que Juan responde
para qué gastarse, hijo
si él no va a venir al mío.
Mientras me río con espanto
entiendo
que enterarse de una muerte,
cualquiera fuere,
es un hecho personal,
que los que se han muerto antes
ya no formarán parte de mi muerte
y en el trayecto de esa obviedad
soy casi
eterna.
Mi abuelo quizá concluye
en que vivir es un ejercicio solitario
y que al fin y al cabo
no es eso lo que duele.
Por eso se trata
de borrar el lugar
donde una cosa existía
preguntarse por su contorno
como un puente fuera dibujado
por su caída
o el orgasmo del nacimiento
un cromosoma con la cabeza en el horno.
No retroceder
sino retorcer
la cadena de nociones que te antecede
y sea la estupidez
motivo de clarividencia.
Se trata
de descubrir,
por ejemplo,
con qué pez he permutado
el naufragio
o qué lección debo aprender
de alguien que aprieta
pero no ahorca.
No obstante
hay cosas que resistirían
mi declinarme a la evaporación;
la vida misma,
en su insistencia
protozoica,
nos deja atontados
frente a un amanecer
cuando volvíamos de una fiesta
con la certeza
de que todo
podría haber sido más bello
y tenemos aún edad
para creer en las revanchas.
Naturalmente, la cosa
no preguntará
qué será de nosotros
cuando el lugar
ya no esté
y mi mano
en lugar de posarse en la maceta
vaya a parar en el vacío.
El viento ha muerto hace años,
no hace falta defenestrarlo.
Se trata del lagarto
del cuerpo
del vidrio
de esas cosas que no podrías
proteger con palabras.
Una música inmejorable,
eso hay que encontrar,
una casa donde apoyar la frente
y darse cuenta de que
aunque el amanecer o la historia
se repitan sin consuelo
no podemos bañarnos dos veces
en los mismos ojos.
Cabe la posibilidad
de que sea la cosa
la que desaparezca
cuando intentamos nombrarla
o evaporar el lugar
donde yacía.
Nos queda la interrogación
acerca de si estuvo antes
el sombrero o la cabeza
la espalda
o
dios.
Habría que apuntar
que pocas veces ha ocurrido
que el lugar y la cosa queden intactos
y sea tu cuerpo
el evaporado
mientras observabas
la impunidad de una maceta.
Ante el deceso momentáneo del nombre
no hay nada qué hacer.
Tal vez reírse
porque Juan no vendrá a nuestro entierro.
(a la memoria de mi abuelo Carlos)
Nada que tardíamente no hiriese
1.
He confesado que engendrar
era igual a morir. Luego pensé
en las manos marrones de mi madre,
su brusco pronunciarse sobre mi pecho de diez años
para comprobar si aún respiro.
Yo no he querido perder mi ignorancia,
yo no he querido
tan fatalmente
darme cuenta:
enloquecer el linaje
es más fácil que curarlo.
2.
He confesado
que engendrar sería
como debilitarme ante una naturaleza dura,
como formular de nuevo la lanza
que abrirá la noche en mi costado.
Hija que no existís: sería arruinarte
que siguieras el cordón de mi vida hacia la tuya.
Yo no amansé mi crueldad,
ni a nadie prometí
en tierra firme
hacer pie.
3.
He dicho
que los diez minutos en que esperé el resultado
del plástico blanco sumido en mi orina
fue como la víspera en la horca,
la cola eléctrica de una silla
a punto de ajusticiarme
-yo, la que entendiendo tanto
inclusive falla,
miré la línea dibujarse
y recé
porque otra igual no apareciera.
Vacío
el saco de Douglas,
mi cuerpo fue de vuelta
pasión vacante ese verano.
Es decir, era libre.
Es decir, estaba a salvo.
Es decir
nada
-desde el útero o mi vientre-
que tardíamente
no hiriese.
4.
¿Y acaso no era tu infancia un fuego
que apagaron a gritos esa tarde de agosto?
¿Y no fuiste vos quien buscó en la basura
una reiterada lección de obediencia?
Quiero decir, cuando la furia
heredada de lejanos parientes
fue tu única posesión
y era la tuya
una edad ingrata.
Por eso entendeme
si hoy te digo
que engendrar es descubrir
un horror congénito
en el plato de uvas,
una piña que en otro cayera
y a vos lastimara.
Por eso te perdono.
Porque nada
que tardíamente no hiriese
no enseña
cómo
a los otros
con tanto amor
herir.
5.
Para dar vida hay que morir antes,
matar lo que de propio
tuviera tu cuerpo.
Hija que no existís, te confieso:
yo quise destruirme
con vos adentro mío.
Y diciembre no nos dejaba en paz.
Y los eucaliptos del parque eran ángeles ciegos.
Y mi pollera de fibrana me rozaba las carnes.
Y miré una fuente y quise que se inundara.
Y quise que se inundara.
Y quise que se inundara.
Pero no lloré.

LUCIANA GARCÍA BARRAZA
Es profesora en Letras por la UNT. Ha publicado Broza (2018), Habla la perdida (2021), la plaqueta Destripadoramente rayo (2023), el epub La escritura táctil (2024), el libro de cuentos El libro de Luciana (2023) y Pero nunca fue mi corazón más lúcido que en este instante (2023). Mereció la Mención de Honor en el I Premio Internacional de Poesía Miguel Ángel Bustos (2023) y el Premio Poesía Dora Fornaciari por Migas o grueso calibre (2024).
