El Musageta es, en la tradición clásica, quien conduce a las musas. En estos poemas ocurre lo contrario. A través del polvo, los jardines, los insectos, el azúcar y los veranos de Tucumán, una voz se deja conducir por aquello que la excede. Las nueve musas abandonan el Olimpo para habitar colectivos, patios, arboledas y noches de calor. El poema en este libro no es un artefacto ni una confesión. Es un organismo, un enjambre, una corriente subterránea que atraviesa al poeta y lo transforma. Musageta propone una mitología de la inspiración arraigada en el paisaje del norte argentino, donde toda cosa parece dispuesta a cantarle.